miércoles, 20 de marzo de 2013

  Los edificios alcanzaban una altura que la vista jamás podría alcanzar. Tanto a lo alto como a lo ancho, la ciudad de Ganza parecía interminable, y Jrat Xerentásifov sabía que entre esos muros, semejaría un ser minúsculo e insignificante. "Siempre podría derrumbar esto en menos de medio día", pensó mientras caminaba.

  Sabía de otras ciudades cercanas a esta, más pequeñas y reacias a los extranjeros. Sin embargo, le hacía gracia la utopía, tan poblada entre la gente de esas regiones, de que se podía vivir en comunidad de manera totalmente pacífica, honrada, y desinteresada. Si no hubiera tanta abundancia que ansiar ni tanto dinero para comprarla, esas gentes prestarían atención a lo realmente importante. Por culpa de su estupidez, ahora él tenía que cumplir el encargo de acabar con un aristócrata, el decano Trom, que pretendía secuestrar al líder de la ciudad, para después comenzar a serlo él, suponía Jrat. Seguramente eso implicara una casa más grande y más riquezas que no le valdrían de nada, una vez muerto. Ah, el ansia de un poder que fuera de su ciudad no valdría nada... Jrat no concebía la existencia de una ilusión más estúpida.

  Acababa de llegar al edificio que se le había indicado cuando ,cansado de pensar en la debilidad de las mentes de otros, optó por ejercitar la suya y calcular cuánta plasta necesitaría para que, untada en las manos y los pies, le sirviera para trepar hasta la cumbre de esa tediosa y plana superficie hasta la ventana de los aposentos de Trom. Le gustaba pensar que algún día dejaría de tener que buscar víctimas, analizarlas para encontrar puntos débiles. tener que acabar con ellas... Los nidan, líderes y sabios de su tierra natal, Kazal, le habían enseñado a entender el mundo, a vivir con y para él, pero sobre todo aprendió de ellos la salvaje entrega al combate, y el equilibrio entre cada fragmento de existencia.
  De los mutadores, en cambio, aprendió a a manejar el mundo casi a su completo antojo. Aprendió a hacer cosas que ni siquiera él creería. La diferencia es que sus maestros de Kazal le agradecieron su atención y empeño, mientras que los mutadores le exigieron un pago por sus lecciones. Le exigieron fidelidad durante una novena parte de su prolongada vida. Y esto era parte de su moneda de cambio.

  Sin embargo, sabía que era más fuerte que cualquiera de sus iguales juntos. Su poder residía en una combinación de dos aspectos en cierto modo contrarios. Una combinación que había prolongado su entendimiento a través de los años, en los que no había dejado de entrenar y mejorar todas sus aptitudes, en su mayor parte de una manera totalmente confidencial. No quería que se le viera como una amenaza, y de todas formas, ya sospechaba que le intentarían traicionar, o hacer daño atacando a sus primeros maestros, los nidan.

  Cuando llegó a una altura unos palmos por debajo de la ventana elegida, se concentró y lamió su dedo índice para liberarlo del plaste típico de los mutadores y hacerlo más sensible a su percepción sonora. No detectó hondas de sonido aparte de las habituales en ese silencioso ambiente nocturno, así que retiró la cerradura de las pequeñas puertas de madera, y accedió a la estancia.

  No tuvo mucho tiempo de divisar todos los detalles de la habitación, (solo una enorme cama con acogedoras mantas negras, faros plateados, y una gran gama de prendas caras, a una esquina) antes de ajustarse su antifaz metálico. Ese artilugio que él mismo se fabricó, le negaba la vista, pero le servía para percibir hondas de sonido mucho más lejanas y débiles, y también para visualizar un útil esquema de cuanto tenía a su alrededor. Muchos espías le habían ofrecido ingentes sumas por ese artefacto, asombrados por su enorme utilidad, cuando en realidad solo era necesaria un adecuado encriptado mágico en el metal, y una concentración lo suficientemente limpia.

  Detectó a su víctima en un pasillo contiguo, junto con 24 guardias de edad temprana, armados ocho de ellos con armas arrojadizas. Eso quería decir que le estaban esperando, por lo que alguien que conocía su cometido había informado al decano. Un pasillo demasiado largo. En cuanto lo vieran aparecer, Trom huiría dejando a sus guardias para retrasarlo. Tenía que encontrar un camino más... práctico.

  Caminó en silencio por un pasillo paralelo, y a una altura entre la rápida y estresada comitiva y , pegó en la pared cuatro bloques de plaste moldeados de manera conjunta en una fina capa circular y amplia. Se quedó con un poco del mismo plaste en su mano. Se apartó, y le dirigió su energía calorífica emitida por la circulación sanguínea. En unos instantes, la energía creció de forma escalonada hasta que el plaste de su mano se volvió firme y quebradizo. La de la pared, que se había filtrado en los ladrillos, hizo lo mismo. Jrat cogió su vara, que estaba sujeta a su espalda y cubierta de innumerables anillos de muchos materiales. Material que estuviera en su vara, era material en el que podría ejercer ciertas influencias sin necesidad de plaste, además, de una forma mucho más potente y rápida.

  Con la vara, destrozó sin problema los ahora quebradizos y débiles ladrillos, y apareció ante las sorprendidas caras de los guardias. Trom ordenó atacar, los proyectiles de metal chillaron en el aire. "Metal", pensó Jrat, y asió su vara. Los proyectiles que los guardias le habían arrojado se desviaron repentinamente para dar en las paredes del pasillo. Mientras Jrat seguía avanzando, con paso lento y seguro. A poca distancia del nervioso Trom, Jrat tocó uno de los ladrillos de la pared, se concentró, y sonrió con satisfacción al ver que un ladrillo salía disparado de la pared para golpear la cabeza de Trom, que, aturdido, cayó al suelo e intentó levantarse frenéticamente en vano para después desmayarse.

  Los guardias dispusieron sus armas y cargaron contra él. Jrat sacó las 20 cuchillas que siempre llevaba en su guantera de la cintura, para dirigirlas a toda velocidad a los cuellos de los guardias, que se detuvieron por completo. Hablar era algo que a Jrat le costaba un gran esfuerzo, por lo que sus amenazas en estas situaciones siempre debían ser fáciles de entender. Tocó el aro de metal de su vara, y las armas de los guardias cayeron al suelo. El trabajo bien hecho le encantaba, sobre todo si al fin y al cabo no tenía que derramar la sangre de nadie por cuya muerte no se le hubiera pagado antes. Tenía mucho en lo que pensar, mucho que planear. Colocó unas correas de estopa en el torso de Trom, y tras haberlo amordazado, el cuerpo de éste se elevó en el aire para seguir los pasos de Jrat.
  Tras un largo rato, Jrat se encontraba en medio de un fiordo al suroeste de la ciudad. Había extraído y secado suficiente tierra y piedras del fondo como para formar un pequeño islote donde podría sentarse a hablar con Trom, aún suspendido en el aire.
  -Ahora mismo me están buscando unos quinientos guardias urbanos, pedazo de imbécil. Pagarás por esto.
  -Quinientos, novecientos, dos mil... no importa. Nadie va a encontrarte.
  -Cuando te encuentren, me encargaré de que te pudras en las alcantarillas de Ganza.
  -Cállate, no estás en condiciones de hablar. Dime dónde puedo encontrar a tu querido primo Árpad, y quizá te deje nadar hasta la orilla. No vuelvas a amenazarme. No creas que saldrás de esta si antes de llegar el amanecer no sé donde encontrarlo.
  -¿Todo este espectáculo para saber el paradero de un inepto al que desprecio más que a nadie, y que si por mí fuera estaría muerto? Te has equivocado conmigo si crees que yo daría algo por un familiar tan odioso.
  -No estaríamos aquí si no supiera que lo sabes. Han pagado mucho por tu muerte, amigo. Puedo fallar a mis clientes si me dices dónde está.
  -La última noticia que tengo es de haberse acercado a las estepas del sureste. Te juro que no sé nada más. Ahora déjame irme de aquí.
  -Bien. Eso me basta- dijo Jrat con un tono calmo y a la vez burlón. Acto seguido le propinó una fuerte patada a Trom en el trasero-. Vamos, ¡nada a la orilla si tanto lo deseas!
Trom cayó al suelo, y se apresuró a nadar hacia la orilla. El agua estaba demasiado fría, le costaba respirar cuando llegó a gatear por la tierra. Levantó la cabeza y vio a Jrat frente a él. No tenía ni idea de cómo había llegado allí, sin siquiera mojarse, y sin haberlo visto.
  -¿Algún mensaje para tu hijo?
  -¿De qué hablas? ¡Dijiste que me dejarías vivir!
  -Te dije que llegarías a la orilla. Te dije que podría fallar a mis clientes. No dije más. Y he de confesarte que te habría matado igualmente si nadie me hubiera contratado. ¿Quieres darle un mensaje a tu hijo, o no?
  -Maldito mutador, crees que eres una divinidad por saber mover la cosas por el aire. Si me matas, te garantizo que te meterás en un problema del que solo saldrás muriendo. No tienes la menor idea de hasta dónde llegan mis influencias, ¡y hasta dónde llegará mi hijo para dar contigo!
  -Ningún mensaje para tu hijo, entonces.

Jrat le no le dio a Trom el cuestionable privilegio de uno de esos asesinatos extravagantes y elaborados, que tan famoso lo habían hecho por toda la región. Simplemente se tomó unos segundos en obligarlo a incorporarse y romperle el cuello con un fuerte tirón de sus brazos.

Tenía demasiado que hacer como para malgastar el tiempo con la dolorosa tarea de hablar con alguien a quien deploraba. Sus verdaderos enemigos buscarían por él lo que necesitaba para curar la enfermedad, que crecía en su interior, poco a poco. Un buen pago por matar a Trom de una manera tan sorprendente y espontánea. Jrat había aprendido a manipular a sus clientes para matar dos pájaros de un tiro. Después de que le dieran su medicina, los mataría a todos, y volvería a su pequeña casa, apartada en un suburbio de Ganza. Tenía muchos artilugios nuevos, y material que investigar y estudiar. Pero sobre todo tenía mucho que aprender aún.


Recapacitó unos instantes sobre su vida. Sin familia, alejado de sus amigos, rodeado de pobreza y miseria... Ese capítulo de su vida empezaba a repugnarle, pero a la vez le despertó una pequeña sonrisa nostálgica. Empezaba a acumular el poder y el dinero que tanto había ansiado.