Los edificios alcanzaban una altura que la vista jamás podría alcanzar. Tanto a lo alto como a lo ancho, la ciudad de Ganza parecía interminable, y Jrat Xerentásifov sabía que entre esos muros, semejaría un ser minúsculo e insignificante. "Siempre podría derrumbar esto en menos de medio día", pensó mientras caminaba.
Sabía de otras ciudades cercanas a esta, más pequeñas y reacias a los extranjeros. Sin embargo, le hacía gracia la utopía, tan poblada entre la gente de esas regiones, de que se podía vivir en comunidad de manera totalmente pacífica, honrada, y desinteresada. Si no hubiera tanta abundancia que ansiar ni tanto dinero para comprarla, esas gentes prestarían atención a lo realmente importante. Por culpa de su estupidez, ahora él tenía que cumplir el encargo de acabar con un aristócrata, el decano Trom, que pretendía secuestrar al líder de la ciudad, para después comenzar a serlo él, suponía Jrat. Seguramente eso implicara una casa más grande y más riquezas que no le valdrían de nada, una vez muerto. Ah, el ansia de un poder que fuera de su ciudad no valdría nada... Jrat no concebía la existencia de una ilusión más estúpida.
Acababa de llegar al edificio que se le había indicado cuando ,cansado de pensar en la debilidad de las mentes de otros, optó por ejercitar la suya y calcular cuánta plasta necesitaría para que, untada en las manos y los pies, le sirviera para trepar hasta la cumbre de esa tediosa y plana superficie hasta la ventana de los aposentos de Trom. Le gustaba pensar que algún día dejaría de tener que buscar víctimas, analizarlas para encontrar puntos débiles. tener que acabar con ellas... Los nidan, líderes y sabios de su tierra natal, Kazal, le habían enseñado a entender el mundo, a vivir con y para él, pero sobre todo aprendió de ellos la salvaje entrega al combate, y el equilibrio entre cada fragmento de existencia.
De los mutadores, en cambio, aprendió a a manejar el mundo casi a su completo antojo. Aprendió a hacer cosas que ni siquiera él creería. La diferencia es que sus maestros de Kazal le agradecieron su atención y empeño, mientras que los mutadores le exigieron un pago por sus lecciones. Le exigieron fidelidad durante una novena parte de su prolongada vida. Y esto era parte de su moneda de cambio.
Sin embargo, sabía que era más fuerte que cualquiera de sus iguales juntos. Su poder residía en una combinación de dos aspectos en cierto modo contrarios. Una combinación que había prolongado su entendimiento a través de los años, en los que no había dejado de entrenar y mejorar todas sus aptitudes, en su mayor parte de una manera totalmente confidencial. No quería que se le viera como una amenaza, y de todas formas, ya sospechaba que le intentarían traicionar, o hacer daño atacando a sus primeros maestros, los nidan.
Cuando llegó a una altura unos palmos por debajo de la ventana elegida, se concentró y lamió su dedo índice para liberarlo del plaste típico de los mutadores y hacerlo más sensible a su percepción sonora. No detectó hondas de sonido aparte de las habituales en ese silencioso ambiente nocturno, así que retiró la cerradura de las pequeñas puertas de madera, y accedió a la estancia.
No tuvo mucho tiempo de divisar todos los detalles de la habitación, (solo una enorme cama con acogedoras mantas negras, faros plateados, y una gran gama de prendas caras, a una esquina) antes de ajustarse su antifaz metálico. Ese artilugio que él mismo se fabricó, le negaba la vista, pero le servía para percibir hondas de sonido mucho más lejanas y débiles, y también para visualizar un útil esquema de cuanto tenía a su alrededor. Muchos espías le habían ofrecido ingentes sumas por ese artefacto, asombrados por su enorme utilidad, cuando en realidad solo era necesaria un adecuado encriptado mágico en el metal, y una concentración lo suficientemente limpia.
Detectó a su víctima en un pasillo contiguo, junto con 24 guardias de edad temprana, armados ocho de ellos con armas arrojadizas. Eso quería decir que le estaban esperando, por lo que alguien que conocía su cometido había informado al decano. Un pasillo demasiado largo. En cuanto lo vieran aparecer, Trom huiría dejando a sus guardias para retrasarlo. Tenía que encontrar un camino más... práctico.
Caminó en silencio por un pasillo paralelo, y a una altura entre la rápida y estresada comitiva y , pegó en la pared cuatro bloques de plaste moldeados de manera conjunta en una fina capa circular y amplia. Se quedó con un poco del mismo plaste en su mano. Se apartó, y le dirigió su energía calorífica emitida por la circulación sanguínea. En unos instantes, la energía creció de forma escalonada hasta que el plaste de su mano se volvió firme y quebradizo. La de la pared, que se había filtrado en los ladrillos, hizo lo mismo. Jrat cogió su vara, que estaba sujeta a su espalda y cubierta de innumerables anillos de muchos materiales. Material que estuviera en su vara, era material en el que podría ejercer ciertas influencias sin necesidad de plaste, además, de una forma mucho más potente y rápida.
Con la vara, destrozó sin problema los ahora quebradizos y débiles ladrillos, y apareció ante las sorprendidas caras de los guardias. Trom ordenó atacar, los proyectiles de metal chillaron en el aire. "Metal", pensó Jrat, y asió su vara. Los proyectiles que los guardias le habían arrojado se desviaron repentinamente para dar en las paredes del pasillo. Mientras Jrat seguía avanzando, con paso lento y seguro. A poca distancia del nervioso Trom, Jrat tocó uno de los ladrillos de la pared, se concentró, y sonrió con satisfacción al ver que un ladrillo salía disparado de la pared para golpear la cabeza de Trom, que, aturdido, cayó al suelo e intentó levantarse frenéticamente en vano para después desmayarse.
Los guardias dispusieron sus armas y cargaron contra él. Jrat sacó las 20 cuchillas que siempre llevaba en su guantera de la cintura, para dirigirlas a toda velocidad a los cuellos de los guardias, que se detuvieron por completo. Hablar era algo que a Jrat le costaba un gran esfuerzo, por lo que sus amenazas en estas situaciones siempre debían ser fáciles de entender. Tocó el aro de metal de su vara, y las armas de los guardias cayeron al suelo. El trabajo bien hecho le encantaba, sobre todo si al fin y al cabo no tenía que derramar la sangre de nadie por cuya muerte no se le hubiera pagado antes. Tenía mucho en lo que pensar, mucho que planear. Colocó unas correas de estopa en el torso de Trom, y tras haberlo amordazado, el cuerpo de éste se elevó en el aire para seguir los pasos de Jrat.
Tras un largo rato, Jrat se encontraba en medio de un fiordo al suroeste de la ciudad. Había extraído y secado suficiente tierra y piedras del fondo como para formar un pequeño islote donde podría sentarse a hablar con Trom, aún suspendido en el aire.
-Ahora mismo me están buscando unos quinientos guardias urbanos, pedazo de imbécil. Pagarás por esto.
-Quinientos, novecientos, dos mil... no importa. Nadie va a encontrarte.
-Cuando te encuentren, me encargaré de que te pudras en las alcantarillas de Ganza.
-Cállate, no estás en condiciones de hablar. Dime dónde puedo encontrar a tu querido primo Árpad, y quizá te deje nadar hasta la orilla. No vuelvas a amenazarme. No creas que saldrás de esta si antes de llegar el amanecer no sé donde encontrarlo.
-¿Todo este espectáculo para saber el paradero de un inepto al que desprecio más que a nadie, y que si por mí fuera estaría muerto? Te has equivocado conmigo si crees que yo daría algo por un familiar tan odioso.
-No estaríamos aquí si no supiera que lo sabes. Han pagado mucho por tu muerte, amigo. Puedo fallar a mis clientes si me dices dónde está.
-La última noticia que tengo es de haberse acercado a las estepas del sureste. Te juro que no sé nada más. Ahora déjame irme de aquí.
-Bien. Eso me basta- dijo Jrat con un tono calmo y a la vez burlón. Acto seguido le propinó una fuerte patada a Trom en el trasero-. Vamos, ¡nada a la orilla si tanto lo deseas!
Trom cayó al suelo, y se apresuró a nadar hacia la orilla. El agua estaba demasiado fría, le costaba respirar cuando llegó a gatear por la tierra. Levantó la cabeza y vio a Jrat frente a él. No tenía ni idea de cómo había llegado allí, sin siquiera mojarse, y sin haberlo visto.
-¿Algún mensaje para tu hijo?
-¿De qué hablas? ¡Dijiste que me dejarías vivir!
-Te dije que llegarías a la orilla. Te dije que podría fallar a mis clientes. No dije más. Y he de confesarte que te habría matado igualmente si nadie me hubiera contratado. ¿Quieres darle un mensaje a tu hijo, o no?
-Maldito mutador, crees que eres una divinidad por saber mover la cosas por el aire. Si me matas, te garantizo que te meterás en un problema del que solo saldrás muriendo. No tienes la menor idea de hasta dónde llegan mis influencias, ¡y hasta dónde llegará mi hijo para dar contigo!
-Ningún mensaje para tu hijo, entonces.
Jrat le no le dio a Trom el cuestionable privilegio de uno de esos asesinatos extravagantes y elaborados, que tan famoso lo habían hecho por toda la región. Simplemente se tomó unos segundos en obligarlo a incorporarse y romperle el cuello con un fuerte tirón de sus brazos.
Tenía demasiado que hacer como para malgastar el tiempo con la dolorosa tarea de hablar con alguien a quien deploraba. Sus verdaderos enemigos buscarían por él lo que necesitaba para curar la enfermedad, que crecía en su interior, poco a poco. Un buen pago por matar a Trom de una manera tan sorprendente y espontánea. Jrat había aprendido a manipular a sus clientes para matar dos pájaros de un tiro. Después de que le dieran su medicina, los mataría a todos, y volvería a su pequeña casa, apartada en un suburbio de Ganza. Tenía muchos artilugios nuevos, y material que investigar y estudiar. Pero sobre todo tenía mucho que aprender aún.
Recapacitó unos instantes sobre su vida. Sin familia, alejado de sus amigos, rodeado de pobreza y miseria... Ese capítulo de su vida empezaba a repugnarle, pero a la vez le despertó una pequeña sonrisa nostálgica. Empezaba a acumular el poder y el dinero que tanto había ansiado.
El hermano tonto de la anarquía.
En este blog encontrarás todo tipo de basura que encuentro entre mis papeles y mi cabezota. Disfrútalo y no me plagies, aunque dudo que hagas ninguna de las dos cosas.
miércoles, 20 de marzo de 2013
viernes, 1 de febrero de 2013
1ª aparición de Kuw
Tenía gracia que después de un tiempo incalculable fuera, Kuw se encontrara de nuevo entre esos árboles enormes. Mientras lamía la sangre de su mano derecha, miraba hacia arriba para recordar la infancia en la que su clan le obligaba a trepar cada día unos palmos más alto por esos troncos lisos y rectos. Su clan de estúpidos traidores que no supo ver su gran labor contra esos odiosos enclenques calvos que, como él dictaminó en su día (y jamás se le creyó), vendrían para aprovecharse de la paz y los recursos de esa región.
Había oído muy lejos de allí que habían llegado a su tierra, y Kuw la amaba. No permitiría que siguiera siendo profanada. Bueno, aquí estaba, listo para matarlos a todos o a los suficientes para que se alejaran de sus árboles y sus lagos por unos cuantos años. Solo pensar en su aspecto y su mal olor a cera, papel y sangre inocente le revolvía el estómago. Escupió la sangre que acababa de lamer. Ese último enemigo no era digno.
Había estado observando desde la altura de los árboles a esa gente, y al parecer eran ciertos los trapicheos de información que circulaban por Arboleda Encarnada, la región desde la que se vio pro primera vez los asaltos a los habitantes de la estepa. Esos extraños individuos construían edificios de piedra en los claros de los bosques, donde retenían a decenas de tribus, para hacer lo que les convenía con ellas, antes de realizar experimentos que Kuw consideraba innecesariamente macabros, o de extraerles toda la sangre posible. Lo que ignoraba era para qué ansiaban la sangre de la gente del sudeste.
Ahora se encontraba preparando sus únicas armas: las fundas metálicas para sus dientes afilados desde la infancia, y otras para sus uñas, que estaban demasiado repletas de trozos de carne cuya procedencia a veces era una divertida adivinanza para él. Desde un árbol, calculó la caída y cayó en el techo de madera ya mugrienta de una de esas molestas salas. Su caída bastó para acabar con las tablas, y alguna que otra astilla se le intentó clavaren las plantas de los pies y las rodillas. Pero él no se preocupaba por minucias, algo que quedaba latente en su enorme corpulencia, plagada de cicatrices.
Medio segundo después de su caída, el andrajoso y barbudo hombre ya estaba siendo observado por seis de esos paliduchos, que extrajeron de sus trajes esas armas tan ridículas que usaban para apresar a sus esclavos. A Kuw le provocó una profunda carcajada el hecho de que a él, a alguien famoso por sus matanzas a base de golpes y dentelladas, unos pobres tirillas se le encararan con cuerdas espigadas.
Se sacudió la melena de delante de los ojos y corrió hacia el más próximo para ignorar totalmente el golpe que le intentó asestar su vigésima víctima del día. Con la mano izquierda le sujetó la cabeza, y con la derecha aprovechó su sujeción para arrancarle la tráquea de cuajo. Se extrañó porque los ojos de su siguiente víctima no reflejaban terror, sino cierto goce. Y eso lo irritaba aún más, pero sólo por el tiempo en el que tardó en romper su columna de una patada como si fuera una rama. Ese hombrecillo ya estaba muerto antes de caer al suelo.
Dos más cargaron ahora con largos cuchillos, y uno de ellos logró hendir un poco en la piel de su brazo izquierdo, para luego quebrase en tres pedazos. Hundió los dedos en cada uno de sus vientres, cerró el puño entre sus temblorosas vísceras, y los extrajo de un tirón. Con uno de esos puñales hirió la pierna de uno de sus dos restantes e inútiles adversarios, que intentaban huir. Al otro lo alcanzó intentando abrir la puerta de manera desesperada para salir corriendo. Kuw se quedó a su lado un instante, sonriendo con sorna y observando cómo la misma manilla se le resbalaba de la mano, para luego darle un puñetazo que hizo que su cráneo sonara como la corteza de un árbol al partirse.
"Débiles", pensó, "no suponen ningún reto". Se volvió para ver que un joven bastante peculiar estaba entrando por el mismo sitio que él había usado, y aplastaba el cuello del único superviviente con su bota. Al parecer quería información.
Pero el no quería que le fuera revelado ningún secreto más. Se estaba divirtiendo como nunca, aparte de estar vengando su tierra. No quería supervivientes, ni que se supiera de él, ni planes, ni estrategia. Él no las necesitaba. Saludó con una sonrisa al chico, que ya había acabado con la vida de su forzado informador, y se largó corriendo contento como un niño con un lobo de juguete nuevo.
Desde que empezó a llevar la cuenta de las vidas que arrebataba, tenía 26 más ese día. Ya sumaban 2.079, y al parecer quedaba mucho más por sumar.
Había oído muy lejos de allí que habían llegado a su tierra, y Kuw la amaba. No permitiría que siguiera siendo profanada. Bueno, aquí estaba, listo para matarlos a todos o a los suficientes para que se alejaran de sus árboles y sus lagos por unos cuantos años. Solo pensar en su aspecto y su mal olor a cera, papel y sangre inocente le revolvía el estómago. Escupió la sangre que acababa de lamer. Ese último enemigo no era digno.
Había estado observando desde la altura de los árboles a esa gente, y al parecer eran ciertos los trapicheos de información que circulaban por Arboleda Encarnada, la región desde la que se vio pro primera vez los asaltos a los habitantes de la estepa. Esos extraños individuos construían edificios de piedra en los claros de los bosques, donde retenían a decenas de tribus, para hacer lo que les convenía con ellas, antes de realizar experimentos que Kuw consideraba innecesariamente macabros, o de extraerles toda la sangre posible. Lo que ignoraba era para qué ansiaban la sangre de la gente del sudeste.
Ahora se encontraba preparando sus únicas armas: las fundas metálicas para sus dientes afilados desde la infancia, y otras para sus uñas, que estaban demasiado repletas de trozos de carne cuya procedencia a veces era una divertida adivinanza para él. Desde un árbol, calculó la caída y cayó en el techo de madera ya mugrienta de una de esas molestas salas. Su caída bastó para acabar con las tablas, y alguna que otra astilla se le intentó clavaren las plantas de los pies y las rodillas. Pero él no se preocupaba por minucias, algo que quedaba latente en su enorme corpulencia, plagada de cicatrices.
Medio segundo después de su caída, el andrajoso y barbudo hombre ya estaba siendo observado por seis de esos paliduchos, que extrajeron de sus trajes esas armas tan ridículas que usaban para apresar a sus esclavos. A Kuw le provocó una profunda carcajada el hecho de que a él, a alguien famoso por sus matanzas a base de golpes y dentelladas, unos pobres tirillas se le encararan con cuerdas espigadas.
Se sacudió la melena de delante de los ojos y corrió hacia el más próximo para ignorar totalmente el golpe que le intentó asestar su vigésima víctima del día. Con la mano izquierda le sujetó la cabeza, y con la derecha aprovechó su sujeción para arrancarle la tráquea de cuajo. Se extrañó porque los ojos de su siguiente víctima no reflejaban terror, sino cierto goce. Y eso lo irritaba aún más, pero sólo por el tiempo en el que tardó en romper su columna de una patada como si fuera una rama. Ese hombrecillo ya estaba muerto antes de caer al suelo.
Dos más cargaron ahora con largos cuchillos, y uno de ellos logró hendir un poco en la piel de su brazo izquierdo, para luego quebrase en tres pedazos. Hundió los dedos en cada uno de sus vientres, cerró el puño entre sus temblorosas vísceras, y los extrajo de un tirón. Con uno de esos puñales hirió la pierna de uno de sus dos restantes e inútiles adversarios, que intentaban huir. Al otro lo alcanzó intentando abrir la puerta de manera desesperada para salir corriendo. Kuw se quedó a su lado un instante, sonriendo con sorna y observando cómo la misma manilla se le resbalaba de la mano, para luego darle un puñetazo que hizo que su cráneo sonara como la corteza de un árbol al partirse.
"Débiles", pensó, "no suponen ningún reto". Se volvió para ver que un joven bastante peculiar estaba entrando por el mismo sitio que él había usado, y aplastaba el cuello del único superviviente con su bota. Al parecer quería información.
Pero el no quería que le fuera revelado ningún secreto más. Se estaba divirtiendo como nunca, aparte de estar vengando su tierra. No quería supervivientes, ni que se supiera de él, ni planes, ni estrategia. Él no las necesitaba. Saludó con una sonrisa al chico, que ya había acabado con la vida de su forzado informador, y se largó corriendo contento como un niño con un lobo de juguete nuevo.
Desde que empezó a llevar la cuenta de las vidas que arrebataba, tenía 26 más ese día. Ya sumaban 2.079, y al parecer quedaba mucho más por sumar.
miércoles, 30 de enero de 2013
Corría por la espesura de su jungla, descalzo, decidido, y sobre todo sigiloso. Corría cuanto podía, pero se encargaba de que no se oyera mucho más que su jadeo. Alternaba su carrera con zancadas usando brazos y piernas por igual al saltar desde una gran raíz o una roca, a las ramas altas de los árboles, para confirmar su ruta y continuar. Sin embargo, desde que era un niño, había aprendido a pisar como un felino, a olfatear como un cánido, pelear como una fiera, pero a correr como un hombre libre.
La tierra que pisaban sus pies era ocre con un fuerte acento rojizo. La vegetación formaba una iridiscente estampa escarlata, tenebrosa y a la vez llena de brillos. Se acercaba a su destino cuando empezó a oler el primer rastro de humo, que le hizo arrugar la nariz y entornar los ojos. Odiaba ese olor.
Cuando llegó a los límites de su terreno, comtempló por unos segundos el ancho y sobrecogedor páramo desértico que se asemejaba al reflejo del cielo nocturno, con un gran lago que imitaba a la luna, y hogueras que, desperdigadas por la enorme llanura, simulaban estrellas titilantes. Pero quizá una de esas hogueras no fuera la de un pueblo nómada preparando la cena. La hoguera más próxima humeaba demasiado. Ardía demasiado.
Por primera vez desde su adolescencia , tuvo que atravesar la pradera roja que separaba su querida jungla con el acantilado que le ofrecía una mejor vista a lo que ocurría en las aldeas de abajo. Sin embargo, no distinguía bien lo que ocurría. Hizo un pequeño hoyo en la tierra y metió la mano en él para ir hundiendo los dedos poco a poco. Los tatuajes que le recorrían los brazos, el cuello y la espalda empezaron a emitir una leve luz ,hasta casi llegar al punto de poder iluminar un par de metros a su alrededor.
Se concentró, empezó a sudar, y oyó voces horribles en su cabeza. Oyó a los famosos por su tenacidad esteparios, suplicar y llorar. Olió la sangre derramada y carne de niños quemada. Su mano enterrada se convulsionaba y tenía que sujetarla con la otra. El aire gritaba tanto que sus tímpanos vibraban sin control, y la tierra se estremecía de angustia y rabia. Su mundo estaba triste, y al parecer la alerta que recibió desde su vivienda no era falsa. Sacó su mano de la tierra, y después su largo cuchillo. Se cortó un mechón de pelo y lo enterró en el hoyo como agradecimiento.
Observó durante un rato cómo surgían más y más antorchas del paisaje. Se dirigían hacia su casa, y eso le hizo sonreír. Él era un hombre orgulloso, lleno de brío, y adoraba su trabajo.
Era uno de los porteros de su bosque. Nada ni nadie había salido con vida de allí sin consentimiento de los porteros. No necesitaban puertas ni pasajes, sino unirse a la tierra, el aire y los árboles, para saber quién se aproximaba, y si era digno de pisar su suelo.
De todas formas, no necesitaba ver más para saber que los que se aproximaban suponían una fuerte amenaza. Corrió de vuelta, porque necesitaba avisar pronto a los demás.
Sonrió para sus adentros mientras saltaba y se apresuraba. Por su nombre, que nadie lograría entrar.
La tierra que pisaban sus pies era ocre con un fuerte acento rojizo. La vegetación formaba una iridiscente estampa escarlata, tenebrosa y a la vez llena de brillos. Se acercaba a su destino cuando empezó a oler el primer rastro de humo, que le hizo arrugar la nariz y entornar los ojos. Odiaba ese olor.
Cuando llegó a los límites de su terreno, comtempló por unos segundos el ancho y sobrecogedor páramo desértico que se asemejaba al reflejo del cielo nocturno, con un gran lago que imitaba a la luna, y hogueras que, desperdigadas por la enorme llanura, simulaban estrellas titilantes. Pero quizá una de esas hogueras no fuera la de un pueblo nómada preparando la cena. La hoguera más próxima humeaba demasiado. Ardía demasiado.
Por primera vez desde su adolescencia , tuvo que atravesar la pradera roja que separaba su querida jungla con el acantilado que le ofrecía una mejor vista a lo que ocurría en las aldeas de abajo. Sin embargo, no distinguía bien lo que ocurría. Hizo un pequeño hoyo en la tierra y metió la mano en él para ir hundiendo los dedos poco a poco. Los tatuajes que le recorrían los brazos, el cuello y la espalda empezaron a emitir una leve luz ,hasta casi llegar al punto de poder iluminar un par de metros a su alrededor.
Se concentró, empezó a sudar, y oyó voces horribles en su cabeza. Oyó a los famosos por su tenacidad esteparios, suplicar y llorar. Olió la sangre derramada y carne de niños quemada. Su mano enterrada se convulsionaba y tenía que sujetarla con la otra. El aire gritaba tanto que sus tímpanos vibraban sin control, y la tierra se estremecía de angustia y rabia. Su mundo estaba triste, y al parecer la alerta que recibió desde su vivienda no era falsa. Sacó su mano de la tierra, y después su largo cuchillo. Se cortó un mechón de pelo y lo enterró en el hoyo como agradecimiento.
Observó durante un rato cómo surgían más y más antorchas del paisaje. Se dirigían hacia su casa, y eso le hizo sonreír. Él era un hombre orgulloso, lleno de brío, y adoraba su trabajo.
Era uno de los porteros de su bosque. Nada ni nadie había salido con vida de allí sin consentimiento de los porteros. No necesitaban puertas ni pasajes, sino unirse a la tierra, el aire y los árboles, para saber quién se aproximaba, y si era digno de pisar su suelo.
De todas formas, no necesitaba ver más para saber que los que se aproximaban suponían una fuerte amenaza. Corrió de vuelta, porque necesitaba avisar pronto a los demás.
Sonrió para sus adentros mientras saltaba y se apresuraba. Por su nombre, que nadie lograría entrar.
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