Tenía gracia que después de un tiempo incalculable fuera, Kuw se encontrara de nuevo entre esos árboles enormes. Mientras lamía la sangre de su mano derecha, miraba hacia arriba para recordar la infancia en la que su clan le obligaba a trepar cada día unos palmos más alto por esos troncos lisos y rectos. Su clan de estúpidos traidores que no supo ver su gran labor contra esos odiosos enclenques calvos que, como él dictaminó en su día (y jamás se le creyó), vendrían para aprovecharse de la paz y los recursos de esa región.
Había oído muy lejos de allí que habían llegado a su tierra, y Kuw la amaba. No permitiría que siguiera siendo profanada. Bueno, aquí estaba, listo para matarlos a todos o a los suficientes para que se alejaran de sus árboles y sus lagos por unos cuantos años. Solo pensar en su aspecto y su mal olor a cera, papel y sangre inocente le revolvía el estómago. Escupió la sangre que acababa de lamer. Ese último enemigo no era digno.
Había estado observando desde la altura de los árboles a esa gente, y al parecer eran ciertos los trapicheos de información que circulaban por Arboleda Encarnada, la región desde la que se vio pro primera vez los asaltos a los habitantes de la estepa. Esos extraños individuos construían edificios de piedra en los claros de los bosques, donde retenían a decenas de tribus, para hacer lo que les convenía con ellas, antes de realizar experimentos que Kuw consideraba innecesariamente macabros, o de extraerles toda la sangre posible. Lo que ignoraba era para qué ansiaban la sangre de la gente del sudeste.
Ahora se encontraba preparando sus únicas armas: las fundas metálicas para sus dientes afilados desde la infancia, y otras para sus uñas, que estaban demasiado repletas de trozos de carne cuya procedencia a veces era una divertida adivinanza para él. Desde un árbol, calculó la caída y cayó en el techo de madera ya mugrienta de una de esas molestas salas. Su caída bastó para acabar con las tablas, y alguna que otra astilla se le intentó clavaren las plantas de los pies y las rodillas. Pero él no se preocupaba por minucias, algo que quedaba latente en su enorme corpulencia, plagada de cicatrices.
Medio segundo después de su caída, el andrajoso y barbudo hombre ya estaba siendo observado por seis de esos paliduchos, que extrajeron de sus trajes esas armas tan ridículas que usaban para apresar a sus esclavos. A Kuw le provocó una profunda carcajada el hecho de que a él, a alguien famoso por sus matanzas a base de golpes y dentelladas, unos pobres tirillas se le encararan con cuerdas espigadas.
Se sacudió la melena de delante de los ojos y corrió hacia el más próximo para ignorar totalmente el golpe que le intentó asestar su vigésima víctima del día. Con la mano izquierda le sujetó la cabeza, y con la derecha aprovechó su sujeción para arrancarle la tráquea de cuajo. Se extrañó porque los ojos de su siguiente víctima no reflejaban terror, sino cierto goce. Y eso lo irritaba aún más, pero sólo por el tiempo en el que tardó en romper su columna de una patada como si fuera una rama. Ese hombrecillo ya estaba muerto antes de caer al suelo.
Dos más cargaron ahora con largos cuchillos, y uno de ellos logró hendir un poco en la piel de su brazo izquierdo, para luego quebrase en tres pedazos. Hundió los dedos en cada uno de sus vientres, cerró el puño entre sus temblorosas vísceras, y los extrajo de un tirón. Con uno de esos puñales hirió la pierna de uno de sus dos restantes e inútiles adversarios, que intentaban huir. Al otro lo alcanzó intentando abrir la puerta de manera desesperada para salir corriendo. Kuw se quedó a su lado un instante, sonriendo con sorna y observando cómo la misma manilla se le resbalaba de la mano, para luego darle un puñetazo que hizo que su cráneo sonara como la corteza de un árbol al partirse.
"Débiles", pensó, "no suponen ningún reto". Se volvió para ver que un joven bastante peculiar estaba entrando por el mismo sitio que él había usado, y aplastaba el cuello del único superviviente con su bota. Al parecer quería información.
Pero el no quería que le fuera revelado ningún secreto más. Se estaba divirtiendo como nunca, aparte de estar vengando su tierra. No quería supervivientes, ni que se supiera de él, ni planes, ni estrategia. Él no las necesitaba. Saludó con una sonrisa al chico, que ya había acabado con la vida de su forzado informador, y se largó corriendo contento como un niño con un lobo de juguete nuevo.
Desde que empezó a llevar la cuenta de las vidas que arrebataba, tenía 26 más ese día. Ya sumaban 2.079, y al parecer quedaba mucho más por sumar.