Corría por la espesura de su jungla, descalzo, decidido, y sobre todo sigiloso. Corría cuanto podía, pero se encargaba de que no se oyera mucho más que su jadeo. Alternaba su carrera con zancadas usando brazos y piernas por igual al saltar desde una gran raíz o una roca, a las ramas altas de los árboles, para confirmar su ruta y continuar. Sin embargo, desde que era un niño, había aprendido a pisar como un felino, a olfatear como un cánido, pelear como una fiera, pero a correr como un hombre libre.
La tierra que pisaban sus pies era ocre con un fuerte acento rojizo. La vegetación formaba una iridiscente estampa escarlata, tenebrosa y a la vez llena de brillos. Se acercaba a su destino cuando empezó a oler el primer rastro de humo, que le hizo arrugar la nariz y entornar los ojos. Odiaba ese olor.
Cuando llegó a los límites de su terreno, comtempló por unos segundos el ancho y sobrecogedor páramo desértico que se asemejaba al reflejo del cielo nocturno, con un gran lago que imitaba a la luna, y hogueras que, desperdigadas por la enorme llanura, simulaban estrellas titilantes. Pero quizá una de esas hogueras no fuera la de un pueblo nómada preparando la cena. La hoguera más próxima humeaba demasiado. Ardía demasiado.
Por primera vez desde su adolescencia , tuvo que atravesar la pradera roja que separaba su querida jungla con el acantilado que le ofrecía una mejor vista a lo que ocurría en las aldeas de abajo. Sin embargo, no distinguía bien lo que ocurría. Hizo un pequeño hoyo en la tierra y metió la mano en él para ir hundiendo los dedos poco a poco. Los tatuajes que le recorrían los brazos, el cuello y la espalda empezaron a emitir una leve luz ,hasta casi llegar al punto de poder iluminar un par de metros a su alrededor.
Se concentró, empezó a sudar, y oyó voces horribles en su cabeza. Oyó a los famosos por su tenacidad esteparios, suplicar y llorar. Olió la sangre derramada y carne de niños quemada. Su mano enterrada se convulsionaba y tenía que sujetarla con la otra. El aire gritaba tanto que sus tímpanos vibraban sin control, y la tierra se estremecía de angustia y rabia. Su mundo estaba triste, y al parecer la alerta que recibió desde su vivienda no era falsa. Sacó su mano de la tierra, y después su largo cuchillo. Se cortó un mechón de pelo y lo enterró en el hoyo como agradecimiento.
Observó durante un rato cómo surgían más y más antorchas del paisaje. Se dirigían hacia su casa, y eso le hizo sonreír. Él era un hombre orgulloso, lleno de brío, y adoraba su trabajo.
Era uno de los porteros de su bosque. Nada ni nadie había salido con vida de allí sin consentimiento de los porteros. No necesitaban puertas ni pasajes, sino unirse a la tierra, el aire y los árboles, para saber quién se aproximaba, y si era digno de pisar su suelo.
De todas formas, no necesitaba ver más para saber que los que se aproximaban suponían una fuerte amenaza. Corrió de vuelta, porque necesitaba avisar pronto a los demás.
Sonrió para sus adentros mientras saltaba y se apresuraba. Por su nombre, que nadie lograría entrar.